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El eco de las despedidas: cómo algunas ausencias se vuelven presencia

22-12-2024 B
Virginio Aiello, On Piano - Van GoghArtist Name

Hola a todos! Tenía tiempo sin traer contenido. Esta publicación no tiene una finalidad clínica, sino que es una reflexión personal que quizá resuene con quienes transitan el duelo y buscan darle sentido a la ausencia. El duelo es un proceso natural que debe abordarse con respeto, pues en algunos casos puede volverse complejo o patológico. Sin embargo, no todo lo que sentimos puede explicarse únicamente desde la ciencia. A veces, necesitamos de la filosofía y la introspección para encontrar una manera de integrar lo que perdimos sin que nos consuma.

Cuando un vínculo fue genuino y recíproco, ¿cómo darle un lugar en nuestra vida sin que nos consuma?

A veces, el adiós no es un punto final, sino un eco que persiste en los rincones más silenciosos de nuestra mente. Hay personas cuya huella permanece, no por el tiempo que compartimos con ellas, sino por la intensidad con la que nos transformaron. Nos enseñaron a mirar el mundo de otra forma, a encontrar significado en lo cotidiano, y cuando se van, nos dejan con la paradoja de su ausencia: están lejos, pero de algún modo siguen aquí.


La filosofía ha intentado dar respuestas a esta paradoja. Para los estoicos, el amor y el apego debían experimentarse con gratitud, pero sin poseerlos, porque todo lo que llega también se va. Epicteto decía que "no nos perturban las cosas, sino la interpretación que hacemos de ellas". Es en esa interpretación donde los recuerdos se vuelven indelebles. Lo vivido no desaparece, sino que cambia de forma. No es la persona la que permanece, sino la versión de ella que dejamos crecer en nuestra mente con cada pensamiento.


Desde la psicología, sabemos que el duelo no es solo la aceptación de una pérdida, sino un proceso de reconstrucción interna. John Bowlby, en su teoría del apego, demostró que los vínculos no desaparecen con la distancia: el cerebro busca conservarlos, encontrando nuevas formas de mantenernos conectados con quienes fueron importantes. Por eso, la ausencia de alguien no siempre significa su desaparición. Sigue habitándonos en pequeños fragmentos: en una canción que suena de fondo, una película que vimos juntos sin saber que quedaría marcada, una fecha que de repente se siente más presente, en el reflejo de una mirada similar a la suya, en las palabras que nos decían y ahora repetimos en silencio, en los pequeños hábitos de autocuidado que ahora forman parte de nuestra rutina, recordando a esa persona cada mañana y cada noche.

Pero, ¿cómo resignificar una ausencia sin convertirla en una prisión? Viktor Frankl, en su enfoque de la logoterapia, decía que el sentido del dolor radica en la forma en que lo enfrentamos. No se trata de olvidar, sino de integrar. De aceptar que hay amores que no necesitan presencia para seguir existiendo. Que la vida sigue, pero no porque olvidemos, sino porque aprendemos a llevar con nosotros lo que fuimos junto a ellos.


El duelo es un proceso complejo, no una línea recta. Puede ser doloroso, lleno de idas y venidas, pero si se trabaja con consciencia y aceptación, puede conducirnos a un buen camino. No siempre se trata de "pasar página" como suelen decirnos. A veces, el duelo es aprender a resignificar a esa persona en nuestra vida, permitiéndole existir en nuestro recuerdo sin que su ausencia se convierta en sufrimiento. Como escribió C.S. Lewis en Una pena en observación, "El dolor ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato". No significa borrar, sino reescribir. No significa soltar por completo, sino encontrar la manera de seguir adelante sin cargar con el peso del dolor.

Algunas despedidas nunca terminan de ocurrir. Porque lo que se siente con verdad, lo que nos marcó en lo más profundo, no necesita un cierre absoluto. Solo necesita encontrar su lugar dentro de nosotros, su eco no desaparece con el tiempo: solo encuentra nuevos caminos para resonar. Y a veces, lo que resuena no es un adiós, sino la certeza de que existe, que aunque la vida nos lleve por caminos distintos, siempre serán parte de quienes somos.

Parte de la vida es aceptar que todo cambia y que todo puede terminar. Y es precisamente esa finitud la que nos da sentido. Saber que algo puede acabar nos obliga a vivirlo con mayor intensidad, a atesorar los momentos, a convertir lo efímero en eterno dentro de nosotros. Porque lo verdaderamente valioso no es cuánto dura algo, sino cuánto significado le damos mientras está. Hay presencias que son tan intensas que, incluso en su ausencia, siguen habitándonos y el eco de lo que nos hicieron sentir puede resonar por el resto de nuestras vidas. No todas las historias terminan cuando creemos; algunas siguen escribiéndose en los silencios, en los pensamientos que callamos y en la certeza de que el tiempo no siempre borra.

No obstante,  resignificar no es estancarse ni idealizar. No se trata de vivir atrapados en lo que fue, sino de tomar lo valioso, lo aprendido, y dejar que nos transforme. Porque el verdadero significado de una historia no está en su final, sino en lo que dejamos crecer con ella. Cuando la pérdida nos atrapa en la tristeza constante, nos impide avanzar o se vuelve el centro de nuestra vida, es importante reconocer que el amor que sentimos también debe incluirnos a nosotros mismos, dándonos permiso de seguir sin perder lo aprendido en el trayecto, transformar lo vivido en algo que nos impulse.

Y, ¿qué pasa cuando el adiós no proviene de un amor sano, sino de uno que nos lastimó? ¿Siempre es necesario resignificarlo o a veces es mejor soltarlo por completo?
 

No todas las ausencias merecen quedarse. Algunas nos ayudan a crecer, otras solo nos retienen. En el siguiente artículo exploraremos esta otra cara del duelo: la que nos enfrenta a los vínculos que, en lugar de hacernos crecer, nos consumieron. Porque si hay  ausencias que nos acompañan con amor, otras son lecciones que nos enseñan a seguir adelante. Con el tiempo, comprendemos cuáles ausencias merecen un lugar en nuestro presente y cuáles deben quedarse en el pasado.

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